El fin de la juventud [Fitzgerald I]

Me advirtió Francesca que, después de la historia de Sara y Dara, no soportaría otra novela de amor, que prefería antes leer El castillo de Kafka. ¿Cómo no va a ser de amor? Hay novelas apasionantes sobre temas sociales o políticos, sobre pasiones humanas diferentes al amor: la ambición, el poder, etc. Pero siempre se termina volviendo al amor, porque en sus alrededores crecen las historias que de verdad importan. El amor ¿qué es? Una buena historia de amor lo incluye todo: los sueños, el paso del tiempo, la decepción, el desengaño, la soledad… y de eso es de lo que tratan los cuentos de Francis Scott Fitzgerald. Sus personajes van en busca del amor y en su búsqueda (y en su derrota) asistimos a todo lo que importa en la vida.

Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) escribió sus primeras obras en el momento en el que el movimiento moderno en la literatura había llegado a su plenitud (Proust, James, Eliot) en las dos primeras décadas del siglo XX. Cyril Connolly explica que con Flaubert y Baudelaire como precursores, el modernismo se caracterizaba por una combinación de la curiosidad intelectual de la Ilustración con la sensibilidad del Romanticismo.

Cuando Fitzgerald escribía, muy joven, su primera novela, A este lado del paraíso, Katherine Mansfield publicaba sus últimos cuentos; cuando publicó El gran Gatsby, en 1925, Virginia Woolf hacía lo mismo con La señora Dalloway. En 1928 conoció en París a James Joyce y pudo declararle su admiración por el Ulises y por Retrato del artista adolescente. De esa época son los cuentos que vamos a leer en la Sociedad Literaria. Fitzgerald no había cumplido los 30 y ya lo tenía todo: amor, éxito, dinero, talento… Lo único que no tendría es tiempo. Murió alcoholizado en 1944, adelantándose en solo unas semanas a Joyce y en tres meses a Virginia Woolf. Unos años antes había fallecido Kafka, dejando inacabada la novela El castillo.

El primer cuento sobre el que os propongo que hablemos es ‘La última belleza sureña’ (‘La última belleza’, a secas, en la edición que tiene Patricia, ‘The last of the Belles’). En este cuento, el narrador echa la vista atrás y se pregunta: “¿Qué fue de aquella chica rubia tan solicitada?” En busca de una respuesta, regresa al lugar de su juventud. Veremos lo que se encuentra.

El fin de la juventud es uno de sus temas predilectos, por eso he titulado así esta primera sesión de nuestros días con Fitzgerald. ¿Qué hace el paso del tiempo con nosotros? ¿Es la infelicidad el estado natural de la madurez? ¿Es un esfuerzo vano aspirar a ser como uno había soñado?

13 comments

  1. Pues nada… ¡ya estábamos tardando!… no le quiero destripar a nadie el cuento, así que a darse prisita, que yo ya me lo he leído y tengo ganas de comentar (que este lo he entendido… creo… :mrgreen: )

  2. Bueno ¿qué?… ¿dónde está todo el mundo?… yo he acabado ya el libro y voy por la mitad de “El Gran Gatsby”. ¡Tengo ganas de hablar de Fitzgerald y aquí todos callados!… y con los pavisosos no parabais de cotorrear… 😕

    • Enrique Arroyas

      Hablemos de la Última belleza sureña…

      “Hace ya quince años de aquello”. El narrador recuerda lo que ocurrió cuándo él era joven y pasó una temporada en la ciudad sureña de Tarleton, donde conoció a la heroína de este cuento: Ailie Calhoun, una belleza aristocrática de 19 años, amiga de Sally Carrol Harper, la protagonista del relato El palacio de hielo, publicado nueve años antes. Scott Fitzgerald utiliza un tipo de narrador que es muy habitual en sus relatos: el confidente del protagonista. Alguien que observa la acción desde una posición que es una mezcla de admiración y distanciamiento. Él sabe que si ella le hubiera besado una sola vez, se habría enamorado, pero también sabe que está allí solo de paso. Es por lo tanto un narrador que recuerda un momento crucial de su juventud, que ya pasó y del que sin embargo ni siquiera fue protagonista. Recuerda con nostalgia la intensidad de sus sentimientos de aquella vivencia de su juventud, aunque esos sentimientos no fueran mucho más allá de la tristeza por un amor que no fue posible y la envidia por quien ocupaba su lugar en el corazón de Ailie Calhoun.

      Como confidente, su conocimiento del personaje es muy fiable. En las primeras páginas ya nos ofrece un retrato de Ailie muy preciso: ¿egoísta, inteligente, bella, vanidosa? El tiempo transcurrido no hace que el narrador distorsione lo que pasó y así nos transmite una imagen de los personajes nada complaciente: son seres imperfectos, aunque nos pide a nosotros, lectores, que seamos indulgentes con sus errores. Como dice el narrador, ella era ese tipo de personas tan bellas y fuertes que pueden hacer lo que quieran y seguirán siendo admiradas. “Es evidente que debería haber tomado una de esas magníficas decisiones morales que la gente toma en los libros, y despreciarla. Pero, por el contrario, no me cabe la menor duda de que Ailie me hubiera tenido a sus pies con sólo mover un dedo”. Y, por su parte, él es bastante ingenuo. El esplendor de la juventud y la belleza le devuelve la imagen de una mujer imaginaria. Me gusta ese empeño del narrador de no rebajar nunca la figura idealizada, a pesar de las evidencias (“le mencioné el hecho de que Ailie sólo había besado a dos o tres hombres”, “Me cansé de asegurarle a la gente que [el teniente] sólo era un capricho de Ailie”.

      La sinceridad es la virtud que ella valora por encima de todo. La sinceridad entendida como una manera especial de ser tratado con respeto, la exigencia de que le miren a la altura de lo que uno tiene de más valioso. Y sincera es, al fin y al cabo, lo que mejor podría ajustarse al carácter de Ailie, de modo que es el ingenuo y snob narrador quien acierta. Con lo que se nos está diciendo que una forma idealizada de ver la realidad puede en última instancia rescatar una verdad escondida, algo que solo se ve cuando se mira con los ojos del amor.

      Esa escena de la discusión, cuando ella se encierra en su casa y no quiere salir es como el fin de la juventud, el momento en el que la dureza de la vida le causa a ella una herida casi inexplicable por su delicadeza y profundidad. Esa pureza de su juventud será ya inalcanzable para ella desde esa noche, por eso llora desconsolada mientras el teniente hace sonar el claxon, como si fuera la vida quien dijera con impaciencia “¡al diablo! No voy a esperar aquí toda la noche”. Con la juventud, se pierde también algo delicado y puro que no tiene cabida en la vida adulta.

      Y a partir de aquella última noche gloriosa todo cambia. El cuento ya se desliza por un paisaje desolado, como el de una fiesta acabada al duro amanecer. Incluso el narrador también parece despertar de su ensueño: “Me los encontré por primera vez cuando paseaban por la calle principal, y no creo haber sentido tanta pena por una pareja en mi vida”. Y añade una frase lúcida y terrible: “Ailie nunca había podido imaginarse la realidad”. Ella se queda en su mundo imaginario, fiel hasta el final a la idea de su propia pureza. Lamentablemente es una actitud incompatible con el paso del tiempo.

      • Muchos biógrafos de Fitzgerald dicen que Ailhie Calhouns es un retrato casi exacto de Zelda, el gran amor de su vida. A mí me parece que ya la represente a ella o no, lo cierto es que las heroínas de Fitzgerald siempre son la misma mujer, alguien dulce, bello, puro… pero que promete un amor que sabe que no es capaz de dar. Ailhie, como Daisy, juega a que es capaz de todo por amor, es solo que no le dice a los demás que está jugando… pero ella lo sabe, por eso cuando llega el momento de separarse nunca sufre demasiado.

        A pesar del encanto de Ailhie, el protagonista (que no es otro que el narrador) se divide entre la rendición amorosa incondicional y la observación lúcida de la gran verdad que los dos parecen conocer desde el principio, pero que los hombres que se enamoran de ella son incapaces de aceptar: la aristocracia se lleva en el corazón y hay barreras que un corazón aristocrático no es capaz de sobrepasar.

        Es extraño, pero tengo la impresión de que este cuento acaba con la constatación de la separación de una pareja que nunca existió.

        No me parece tanto una historia sobre la pérdida de la juventud de ella, como sobre la pérdida de la inocencia de él, el otro, el que se cree que lo imposible solo es un poco más difícil… el narrador siempre lo ha sabido. Vuelve al Sur y lo constata, eso es todo.

        Por cierto, creo que todavía no lo he dicho, ¡me ha parecido un cuento maravilloso!.

      • Antes que nada, perdón por la lentitud. Sigo nadando en el mundo de Scott Fitzerald, distraída con las voces, los aromas y la densidad del aire, y resulta que he pasado de unas aguas a otras casi sin darme cuenta (de Gatsby a La última belleza sureña). El parecido de los narradores, de los personajes, de la atmósfera que se respira parecen dar razón a aquello de que el artista se retrata constantemente, en todas sus obras.
        El narrador recuerda con añoranza; primero, busca pedazos materiales de lo que se resiste a perder, y, más tarde, retazos de memoria que reconstruyan la historia tal como la quiere contar y recordar para sí y para nosotros. Pone sobre la mesa el amor, el fin de la juventud, la muerte, el vacío. Como si fuera poco… como si ahí no estuviera prácticamente todo de lo que se puede hablar.
        La realidad va golpeando a los personajes narcotizados por ideales y ensueños propios y ajenos, va abriendo grietas: la muerte de Canby (“…su muerte terrible y sin sentido me pareció más real entonces que los miles de muertos por los que cada día doblaban las campanas en Francia…”), la reacción de Ailie, el desengaño con Earl, la vuelta de los soldados de la guerra, en la que se constatan las muertes, las mutilaciones, las ausencias (“los soldados renunciaron para siempre a las historias románticas”)… Las realidades más estrictamente subjetivas son las que más duelen y arrancan a los personajes de la juventud a golpes. Hay multitud de pequeñas derrotas En todos los personajes algo se muere. Así pasa el tiempo.
        Por cierto, hablar del paso del tiempo, me recuerda inevitablemente la música, una constante en sus textos; a veces es el ritmo (“…como si de cada compás brotara un precioso minuto de aquel tiempo”), otras veces las voces que cuentan más allá de las palabras (“…había en su voz notas que gobernaban a esclavos…”). Cada situación conlleva un sonido, una melodía. Algunas veces hay también un aroma (p.ej. el de las magnolias) o un color, como el blanco del vestido de Ailie, la de las columnas tras las cuales ella libra su batalla (es una mujer compleja, a pesar de las apariencias).
        Bueno, aquí lo dejo. Me cuesta hilar todas los pensamientos que me ha ido sugiriendo la lectura del cuento.

    • fvernalte

      Francesca, no puedo resistirme a comentar que Sara sería muy pavisosa, pero qué me dices de Andy que después de 15 años, ni siquiera había conseguido un beso de Ailie, y eso en un ambiente de bailes, borracheras y locas noches de juventud:-)

      • Por alusiones.
        La pavisosez se lleva en el corazón, no tiene que ver con las cuestiones de piel 😉
        Los personajes de Fitzgerald no son timoratos, ejercen una suerte de resignación decadente… Eso no significa que me parezcan perfectos, pero los entiendo, puedo entender un beso que nunca existió, no así un beso que nunca se deseó… Pero no quiero entrar en estos jardines, que aunque me defiendo bastante bien, sois muchos y eso da susto… 🙂
        Aprovecho para deciros que me han pedido que el día 14 de abril comente alguna cosa sobre esta magna Sociedad en la sala de actos del Centre d’Estudis Jurídics, donde uno de nuestros socios ausentes (si estás ahí, manifiéstate, Jesús) me ha pedido que modere una mesa redonda sobre novela negra. Lo emitirán en directo, así que ya os pondré el link por si queréis asistir desde donde os encontréis a las 12 de la mañana de ese día…
        Andy pavisoso… ¿Francisca, en qué estabas pensando?… ¡pero si Andy es encantador!

  3. Hola:-) Pues a bote pronto me ha parecido un cuento nostálgico. Hay añoranza en los recuerdos del anhelado y poético sur, y  de la época del acuartelamiento en Tarleton. Quizás porque se suspira, como dice Enrique por la juventud perdida? No sé pero la música, los bailes,  huelen al encanto del flash, de lo que es imposible de retener.
    Ailie es una "chispa" y  así de evanescente parece, sin mucha sustancia. Y esto es lo que genera la placentera sensación de permanente evasión junto a ella, incluso aunque los chicos del campamento esperan ir a la guerra.
    En cuanto a él, vuelve a acordarse de ella cuando la rutina de su vida, los años de derecho, etc parecen ya para siempre. Entonces es cuando vuelve a Tarleton en busca de la "chispa", porque ni siquiera es pasión. La pasión es más desesperada no? 

    • Francesca no quiere entrar en estos jardines, dice… ¡Una faceta suya desconocida! Fvernalte es un poco injusta con Andy, pero su provocación al menos ha servido para que Francesca casi reivindique la pavisosez. Él sí lo intentó, aunque se quedara sin beso, lo que viene a demostrar que si no es un pavisoso le falta poco, aunque eso no quita para que también sea encantador. Es decir, él no es como ella. Le pasa como a Gatsby o como al narrador de El Gran Gatsby. Y la historia que cuenta viene a dar respuesta a la pregunta que él mismo se hace al principio: “A los veintitrés años, yo no estaba seguro de nada, salvo de que había personas fuertes y atractivas que podían hacer lo que quisieran y otras desdichadas que quedaban atrapadas e inermes. Esperaba ser del primer grupo. Estaba seguro de que Ailie lo era”. Pero ser del primer grupo se lleva en el corazón, o en la cartera.

      Me ha parecido también genial lo que cuenta Patricia. Su comentario me ha demostrado la profundidad de este cuento y las múltiples lecturas que tiene. Yo lo he leído dos veces y se me había escapado ese perfume de magnolias y la música, la melodía. Dice Patricia que “hay multitud de pequeñas derrotas, en todos los personajes algo se muere”. Es un buen resumen de este cuento.

  4. fvernalte

    Ser de las últimas en comentar tiene la ventaja de que ya muchas cosas se han dicho. Literariamente me ha gustado mucho el cuento, muy bien escrito.
    Comparto con Patricia su reflexión sobre “el parecido de los narradores, de los personajes, de la atmósfera que se respira parecen dar razón a aquello de que el artista se retrata constantemente, en todas sus obras”.
    A mí también me llamó la atención la frase que ha comentado Enrique: “A los veintitrés años, yo no estaba seguro de nada, salvo de que había personas fuertes y atractivas que podían hacer lo que quisieran y otras desdichadas que quedaban atrapadas e inermes. Esperaba ser del primer grupo. Estaba seguro de que Ailie lo era”.
    Para mí el cuento más que la pérdida o el fin de la belleza o de la juventud, es el final de algo, puede ser una época, un concepto, un lugar… Andy, en su vuelta al Sur va con el taxi hasta el lugar donde estaba el campamento y constata que ya no queda nada en pie, nada reconocible ni que pueda recordarle aquellos años, aquel lugar, aquella época… Una época, que casualmente, coincincidió con su juventud.

  5. Queridos amigos, a los veintitrés años ser del primer grupo se lleva en la cartera… luego ya, con el tiempo, uno puede (y tiene el deber para consigo mismo de, al menos, intentarlo) llevarlo en el corazón, que es sin duda más gratificante. ¡Pero a los 23 en la cartera fijo!

    Andy ni roza la pavisosez siquiera… Andy lo intenta, no sale y piensa “pues vamos a dejarlo como está, que estas cosas cuando no salen, será por algo”… a mí este chico es que me ha gustado, no soy objetiva, lo sé… 😉

  6. Karmele Aguayo

    Toc, toc…. se puede? lo siento, llego tarde pero…

    He leído el cuento, tres veces, y otra más saltando en busca de vuestras citas, y sí, he encontrado el olor de las magnolias, he visto los blancos rotos de los vestidos de las tardes de barbacoa y noches de vodevil, incluso creo poder oír la mandolina de la última fiesta del verano.

    Pero no he encontrado esa “mezcla de admiración y distanciamiento” en Andy. Qué valiente aquel capaz de ir a la guerra, de luchar por un beneficio mayor y colectivo, pero absolutamente incapaz de librar las batallas de su propia vida, de perseguir sus propios beneficios (llamémosles sueños)… Acaso no comienza el cuento reconociendo su corazón roto “porque en el Norte, la mujer cuya leyenda yo había amado durante tres años se casaba”, una boda que describe como “muy triste”. Nos ha salido un poco enamoradizo Andy, ¿no?

    Estoy totalmente de acuerdo con Idoia, la pasión es otra cosa. Andy me transmite vacío, el vacío de quién vive de prestado los sentimientos. Vuelve a sentir tristeza al observar a Ailie y Bill Knowles bailando en el Club de Campo. También estuvo “a punto de añadir-: pobre desgraciado” al despedirse de Bill esa misma noche. Tiempo después también manifiesta sentir pena por la pareja formada por Earl Schoen y Ailie. La tristeza, creo yo, vive en los ojos de nuestro narrador.

    Tampoco he encontrado esas “personas tan bellas y fuertes que pueden hacer lo que quieran y seguirán siendo admiradas”. He visto la frivolidad ante la muerte, y el interés ocupando el lugar del amor.

    No he atinado a ver en Ailie el dolor de la “pérdida de la juventud”, he visto más bien una niña caprichosa enfrentándose al dolor de saberse una más, finalmente. He visto la resignación de una mujer que da su vida por terminada con el matrimonio.

    He percibido “poco remiendo para un agujero de seis años” sí, pero lo he visto en el narrador, vuelve a Tarlenton movido por su propio vacío, no por el amor, en busca de una época idealizada, que coincide en el tiempo con su juventud, pero que resulta haber estado tan vacía como lo está su “hoy”.

    Retazos de vidas despreocupadas de su contexto, a las que su clase social permite considerar cualquier cosa como un problema, a falta de mundanos problemas de subsistencia…

    No sé, quizá debiera ser más benevolente pero… si es cierto que Scott Fitzgerald retrataba en estos cuentos fragmentos de su propia vida, algo me dice que no estaba en paz.

    Sin embargo el cuento me ha gustado, abarca un largo tiempo, personajes principales y secundarios, incluso moraleja, muchos ingredientes para una narración corta. Me ha gustado, sí.

  7. Justo hoy me estaba preguntando si es que no te habían gustado los cuentos de Fitzgerald y habías preferido seguir en Oriente. Pero aquí estás y nunca es tarde. Veo que no te has enamorado de Ailie. Ni de Andy. Es verdad que el autor no estaba en paz. Y también aciertas al pensar que esa ausencia de paz, de él y de sus personajes, no estaba relacionada con conflictos de clase o con cualquier otro problema social. Pero de ahí a llamar caprichosa a Ailie. Creo que no se merece tanta severidad. Hay que verla al final del relato, cuando ya ha pasado el tiempo y Andy la vuelve a ver, todavía hermosa, pero con una grieta apenas perceptible: “No sé en qué momento había perdido la batalla, librada tras las columnas blancas de la galería de su casa. Pero había calculado mal, en algún momento se había equivocado. Su desenfrenada animación, que seguía atrayendo al suficiente número de hombres como para rivalizar con las chicas más jóvenes y atrevidas, era el reconocimiento de la derrota”. Ese capricho que ves es solo una fachada que intenta ocultar un ser tan desvalido como un niño que de repente se encuentra solo en la vida.

Utzi erantzun bat

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